martes, 6 de septiembre de 2016

Why So Lonely

San Joaquín. Cada mañana pasando por la puerta y mirando el cristo abrazando a nada, a nadie. Queriendo palmotearse a sí mismo. Ahí está, empastelado en el infinito gesto de querer abrazarlos a todos en un bienvenida forzada, sin poder frotarse los brazos cuando hace mucho frío, sin abanicarse la cara en verano. Y tras el cristo las bancas, del mismo concreto que le sacaron de los costados sangrantes: cuadradas, frías, absorbiendo lo que sea que le de la estación de turno, hasta quemar los muslos mientras las cagan las palomas.
Todos los días que logro arrastrarme y paso el cristo y camino frente a las bancas, empieza siempre  a sonar la misma canción (Why y y So Lonely y y y). La primera vez está bien, pero a la segunda, a la tercera, ¿a la cuarta? ¿quién soy yo para juzgar la solitaria sombra de una banca toda cagá? Me acerco, me siento ahí: en una sombra incómoda una mañana fría de principios de septiembre, extrañando el sol, pero haciéndole compañía a la banca, al concreto; a escuchar la canción que es tan buena.

Qué importa llegar tarde otra vez a clases.