El espejo de la tierra salió a buscarnos y el mar nos golpeó hasta hacernos semejantes a sus entrañas de espuma blanca y fértil: cuando deja la costa, los crustáceos se esconden en la arena para no ser comida de gaviota, de pulga de mar y de la lástima ignorante. Mientras, los humanos son llamados a morir en el oleaje, caminando aprietan los poros de la arena húmeda como si trataran de sacar los puntos negros de su propia piel acongojada: salen las familias marinas y pican y queman la suela de los pies, defendiéndose. Pero no importa, si no paras de moverte no te van a morder.