Me senté en una mesa para poder gritarle a mi papá que era un desgraciado en paz, que inventaron el infierno sabiendo que él nacería para entristecer a las estrellas de su propia bóveda de sombras y figuras al fuego. Le dije todos los garabatos que él me enseñó mientras se le ponía la cara roja por el vino barato, y yo me acostumbraba a la oscuridad del cuarto de leña.
Al lado mío, en la otra mesa, las cuicas fumaban y pintaban mandalas: me dijeron que fuera a decir groserías a otra parte mientras se reían. Las agarré a chuchás. No era su culpa no saber, pero fumaban como mi papá y esa weá no la pude soportar.